Los psicólogos sociales sostienen que la conciencia está indefectiblemente asociada a los sentimientos de culpabilidad. Estos sentimientos no se consideran «innatos». El individuo aprende el bien y el mal con el contacto y la comunicación sociales, que le señalan cuáles respuestas o actos de conducta se desvían del «bien». La conciencia difiere, pues, de una sociedad a otra, a medida que el individuo, producto de un sistema social determinado, hace suyos los «tabúes» predominantes de su sociedad y ajusta su conducta a los dictados de ésta.
Aunque la conciencia se ve ampliada por instituciones sociales como la iglesia, la escuela y la comunidad, no cabe duda de que la familia constituye uno de sus principales fundamentos. Es la familia la que asume las costumbres y mores sociales de la cultura y, a su vez, las transmite a la prole. La antropologa Margaret Mead señala tres tipos de familia susceptibles de estimular el desarrollo de una conciencia vigorosa: 1) la familia en que los hijos son criados y educados por los mismos padres, no por nodrizas o tutores; 2) aquélla en que los padres utilizan como forma de castigo la amenaza de retirar el cariño a sus hijos, y 3) aquélla en que los padres actúan como si nunca hubieran procedido mal y tuvieran, por ende, el derecho a esperar que sus hijos fueran «perfectos».
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